viernes, 24 de octubre de 2008

España, Zapatero, la crisis y la Cumbre

La historia es más o menos la siguiente: ha llegado la crisis, como cabía esperar puesto que los ciclos económicos son algo por todos conocido. Esta vez, en cambio, la crisis de la economía real ha venido acompañada por una crisis financiera, originada en EE.UU. Resulta que en el país norteamericano se concedieron hipotecas a troche y moche sin mirar demasiado si el receptor de ese dinero podía devolverlo o no. Además, esas hipotecas se revendieron después a bancos all over the world, quienes a su vez se las endosaron a otros bancos o a sus clientes... Está bastante bien explicado aquí.

Los políticos, a quienes no les gusta perder elecciones, se han puesto bastante nerviosos. Y se han lanzado a decir tonterías, a cada cual más gorda. Lo peor es que también las han hecho. Ahora se quieren reunir el 15 de noviembre en EE.UU. para «refundar el capitalismo», como si lo hubiese fundado alguien alguna vez, y para acabar con «la dictadura del mercado». ¿Semejante tontería ha sido dicha por nuestro tonto oficial, Gaspar Llamazares? No. Lo ha dicho el marido de Carla Bruni, nada menos: Nicolas Sarkozy. Sí, el presidente de un país cuya economía está, mayoritariamente, en manos del estado. Qué cosas. Lo más divertido es que eso es mentira. Fue el intervencionismo de Carter y después el de Clinton el que obligó a los bancos a prestar dinero a las minorías. Ya saben, eso tan políticamente correcto de la discriminación positiva. Resulta que si un negro no podía comprarse una casa no era poque no tuviese estudios ni trabajo, qué va; no podía porque era negro. ¡Era tan sencillo! ¡La respuesta había estado delante de nuestras narices y ni nos habíamos dado cuenta! El caso es que cuando ha llegado la hora de pagar, el negro o quien sea no ha podido, y al igual que él, unos cuantos miles de personas. El banco, a freir espárragos. Y los que obligaron al banco a conceder hipotecas de dudosa recuperabilidad exigen, ahora, salvar al pobre banco y, de paso, acabar con el capitalismo. Es aterrador.

¿Y qué hace Rodríguez mientras tanto? Pues ha copiado el plan de Bush, pero sin transparencia, sin decirnos quiénes tienen activos «tóxicos» y sin apenas control por parte de la oposición ni nadie, que para eso son todos colegas. Pero no sólo eso. Además quiere estar en la Cumbre en la que se va a «refundar el capitalismo». Normal. Pero es que la Cumbre es sólo para el G-20 (es el G-8 más países emergentes más la UE), y ahí no entra España. Eso no ha desanimado a nuestro presidente, quien se ha puesto a trabajar para ir, y ahora está de viaje en China, luego volará a más sitios, mientras pide a unos y otros que le dejen ir a la Cumbre. Jopeta. Le ha pedido ayuda a Sarkozy, al Primer Ministro japonés, a un señor de Ohio que pasaba por ahí... Y nada de nada. Ayer Martinmorales lo retrataba fabulosamente.

¿Por qué no vamos? Pues porque a nuestra economía le queda todavía un poquito para estar entre las grandes. Porque no tenemos poítica exterior que esté a la altura de nuestra economía y porque tampoco tenemos una política de defensa digna de ese nombre. No lo digo yo; lo dice Alfonso Rojo, ese neocón:
[...]
No se engañen. El desaire inicial no tiene que ver con nuestro PIB, porque España ocupa la octava posición mundial, como recordaba ayer el presidente francés.
Que George Bush sea el anfitrión, puede haber influido, pero tampoco es determinante. Por feo que fuera quedarse sentado al paso de la bandera de las barras y estrellas, el gesto de Zapatero parece una minucia, al lado de las jugarretas que hizo Francia a EE.UU. en los prolegómenos de la Guerra de Irak. En la ONU y fuera de ella.
Ni siquiera la precipitada retirada de las tropas españolas de Mesopotamia ha sido determinante, porque el Gobierno ZP ha hecho bastante penitencia después y lleva meses prodigando los requiebros hacia Washington.
La clave, aunque nos duela mucho a algunos, es que España pinta poco en la escena mundial. El mal se ha agudizado con las erráticas alianzas del Gobierno Zapatero, que nos granjean aplausos en Ankara, Teherán o Caracas y nos coloca en una posición de marginalidad en el escenario mundial, pero viene de lejos.
Para tener una Política Exterior de peso, hay que tener una Política de Defensa digna de ese nombre. Y no se si han reparado en que en ese terreno vamos a la cola de los países de nuestro entorno. Junto con Bélgica y Hungría, somos el miembro de la OTAN que destina un porcentaje de PIB más pequeño a sus Fuerzas Armadas.
Y para colmo, cuando llega la hora de fajarse, nos rajamos, como prueba nuestra negativa a asumir un papel más activo en Afganistán. Cuando uno no está a las duras, no debe extrañarse de que no le inviten a las maduras.

Quizá Aznar se pasó un poco con la foto de las Azores; lo digo por aquello de que nos venía un pelín grande. También es cierto que el actual inquilino de La Moncloa se rió a mandíbula batiente de los esfuerzos de su antecesor por estar entre los grandes, y ahora se arrastra por el lodazal para ver si consigue estar allí. Ha tenido casi cinco años par aprofundizar en la política internacional de José María Aznar. Y, en lugar de eso, ha deshecho todo aquel trabajo de años. Si no nos creemos que podemos estar en la Champions League de los grandes países no merecemos estar. Y la tarea de creérselo empieza por el Presidente del Gobierno. Y asumiendo responsabilidades. Si no, luego pasa lo que pasa.

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